sábado, 28 de julio de 2018

Japón: Cuaderno De Viaje XII // Uji, Mucho Más Que Los Cuentos


El último día de estancia en Kyoto nos sirvió para otra de esas excursiones que se quedan en la memoria para siempre.
Mi Amor había planeado una escapada a Uji, un lugar de fábula con todos los tintes históricos vertidos en una novela que es una de las obras maestras de la literatura japonesa. 

Cuando llegas a la ciudad, un letrero enorme en la salida de la estación te da la bienvenida a la ciudad de los cuentos de Genji, para que te vaya quedando claro donde te encuentras, y la verdad es que ese recibimiento ya marca todo lo que acontece. 

Murasaki-Shikibu es la autora de "Los Cuentos de Genji", escritos entre el siglo X y el XI, que se convirtió en una de las cumbres de la literatura de su país, y la acción que narra en tan fundamental novela se encuentra ubicada en la ciudad de Uji. Lo quieras o no, todo se impregna de esto que la lleva, pero además, nos encontrábamos en un lugar con un halo mágico que se notaba en cada rincón de sus calles.

El barrio pegado a la estación, recreado como salido de un cuento, nos hacía perdernos dentro de la propia historia, con tiendas y servicios (puestos muchos para el turismo interior, todo sea dicho) que evocaban siglos pasados y una forma de vida muy particular. Al terminar esta primera andanada de viaje al pasado, el encuentro con el río Uji, que da vida a la ciudad y marca su pulso, fue todo un sobresalto.

Pegada junto a uno de los múltiples puentes que lo atraviesan se encontraba la estatua homenaje a la autora de la obra que hizo de la ciudad un lugar mágico, una imagen en piedra que resumía lo que debía ser su forma de sentir en una época ancestral. Tras las fotos de rigor con lo que representaba, el paseo por el río era un deber y una obligación que el propio ruido del agua te sugería. Un río maravillosamente vivo que denotaba una fuerza salvaje en ciertos lugares, como queriendo hacer ver el porqué de todo lo que surgía a su alrededor.

Las dos orillas se encontraban repletas de viviendas que evocaban la grandeza de una época, con todo tipo de construcciones volcadas al agua que no dejaba de rugir, y los puentes que permitían el paso por muchos lugares daban la sensación de acompañar en este recorrido por el tiempo. Las barcazas de pescadores perfectamente alienadas, los lugares elegidos para que los cormoranes descansaran tras su trabajo atrayendo a los peces, las entradas majestuosas a los templos... todo tenía ese aspecto de lo que no cambia a pesar de los siglos, las épocas, la historia.
Las horas iban pasando sin apenas darnos cuenta, entre callejuelas, templos y por supuesto el sonido que marcaba los minutos, el agua que no dejaba de fluir y que hacía más real que nunca la definición de lo que es un río.

Un lugar señorial, ideal para las historias que Murasaki-Shikibu hizo leyendas cuando escribió sus cuentos, un recorrido por esa odisea que la humanidad va escribiendo a lo largo de los siglos sin saberlo, cuando nadie piensa más allá de lo que su imaginación y su alma pueden trasladar.
Uji nos dejó la marca indeleble de lo que existe a pesar de lo que nunca se sabe, con el río que fluye sacándola de sus propias raíces, y el té verde que nos tomamos de manera sosegada en la cafetería del museo que honra a quien la ha hecho universal fue un final perfecto para volver sobre nuestros pasos buscando, en la orilla opuesta, el camino hacia los sueños.

Ya en el tren de regreso, la modernidad nos volvió a abrazar a velocidad de vértigo, pasando como un suspiro los paisajes que se amontonaban a través de la ventanilla del tren bala.


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