sábado, 14 de julio de 2018

Japón: Cuaderno De Viaje IX // Kyoto, El Despertar Del Sueño


Kyoto es en sí misma un museo ajeno a la lógica. La lógica de lo que es una ciudad japonesa, porque mantiene la grandeza de antaño y no se ve atacada por el exacerbado modernismo que el país del sol naciente lleva en vena, sin dejar (eso sí) de ser una urbe que mira hacia el futuro. 

No he visto en los grandes núcleos urbanos del país la cantidad de muestras a la tradición que en Kyoto son parte de su vida diaria. Los músicos callejeros que tocan instrumentos clásicos de siglos pasados se unen con los que demuestran su arte dentro del Pop Rock y el Folk más al uso; los ciudadanos ataviados con el kimono por las calles son muchos y muy vistosos y las tiendas de elementos tradicionales comparten espacio con los grandes comercios, marcas modernas y estilos a la última.

Quizás por esto me resulta una ciudad fascinante dentro de lo fascinante que es este país de alegorías a la tradición milenaria y la más absoluta tecnología vanguardista. Quizás por esto la visita al templo dorado en una mañana de sol reluciente fue una visión extraña e impactante, por lo que significaba esa mezcla que resalta aún más cuando los japoneses se miran a sí mismos y ven lo que fueron, lo que son y lo aún les falta por ser.


Un espacio brutal dedicado a la naturaleza (los grandes templos tienen ese sentido de ser parte del todo, además de lo que les toca en el culto) en el cual nos vimos envueltos en una vorágine de personas de lo más variopinta y que disfrutaban por igual de los bosques, lagos y jardines como del momento dedicado a sus dioses.
El templo dorado será la excusa (parece un poco artificial) pero la mezcla de cientos de estudiantes en perfecta formación guiados por un profesor que marcaba los grupos con un cartel y un número, las familias que iban de visita y los octogenarios y nonagenarios (soy incapaz de traducir en numerología lo que mis ojos ven en esas pieles curtidas por el tiempo) que se detenían a disfrutar de detalles que llenan los ojos de cualquiera pero que pasan desapercibidos para muchos, eran una mezcla increíble de una sintonía que se ve en muy pocos lugares.

Siendo parte de aquello, parecía increíble que la vuelta al centro de la urbe no llevara aparejada la inquietud por la vida a todo gas del millón y medio de habitantes que parecen confluir en la zona comercial y más turística, pero la noche no nos hizo sino volver a sentir que lo especial se puede encontrar en mitad de la nada o de la muchedumbre cuando ésta sabe cómo comportarse. 

Es un clásico visitar en Kyoto el callejón de Pontocho, y en esta ocasión no iba a ser menos. Afortunadamente la época del año en la que hacíamos el viaje dejaba claro que los turistas éramos menos y bien avenidos, y se agradece. Uno de los lugares que aún conserva lo que rezuma de clásica la ciudad, distrito de geishas e interminable paseo por puertas de restaurantes con imágenes y letreros japoneses que son una preciosidad.

En este lugar todo se estrecha, y las amplias avenidas se convierten en un paseo entre paredes y casas que hacen sentirte en una pequeña cápsula del tiempo. El reloj se detiene, y las luces de los faroles, las pequeñas lámparas y los escaparates de los restaurantes dan un aspecto maravillosamente íntimo en un lugar donde colarse en uno de los callejones que lo cruzan es perderse en la nada, con las sombras abrazándote.

Paralelo al río, sientes el palpitar de lo que la ciudad lleva, y cuando terminas el recorrido, como es nuestro caso cada vez que lo hemos disfrutado, puedes acceder a la orilla donde la vida palpita entre personas ajenas a todo y grupos que comparten las últimas horas del día. De noche, la tradición musical de Kyoto se vuelve vida, y en la orilla, al borde del agua o en los puentes que atraviesan el Kamo, los músicos callejeros se colocan para ofrecer lo que sienten, en especial y en estos lugares, un poco de la Música contemporánea, ya sea japonesa o de lo que ha dado al mundo eso que amamos y llamamos Pop Rock.

Las terrazas que se agolpan sobre el río, en estructuras de madera creadas encima de los bancos de arena dan un aspecto increíble de noche, y el conjunto es de lo más peculiar. Al otro lado del callejón de Pontocho, más bares, restaurantes y casas que invitan al descanso del cuerpo y del espíritu (por lo que el placer carnal, físico y de bebida ofrecen) todo desde esa óptica en la cual los japoneses crean dentro de su sociedad la facilidad para que todo ocurra de manera más natural.

Última parada en el borde de uno de los puentes para disfrutar de la voz (tremendamente sensual, por cierto) de un músico que arrancaba sentimientos con su acústica. No me pareció nada violento el sonido del idioma japonés cuando me llegaba de esa manera tan íntima, un placer al que debería haber acompañado una guitarra más poderosa.









No hay comentarios:

Publicar un comentario