domingo, 8 de julio de 2018

Japón: Cuaderno De Viaje VII // Hiroshima Mon Amour



La última tarde en Hiroshima nos supo mucho más dulce que amarga. La ciudad ha sobrevivido a su propia historia y se ha convertido en una ciudad moderna (y decir esto en Japón es mucho) con todos los servicios habidos y por haber y la capacidad de seguir creciendo.

Una visita que habíamos dejado para el final de nuestra etapa en la ciudad fue la del castillo, y aprovechando que quedaban algunas horas de sol, nos encaminamos hacia él para disfrutar del entorno (siempre cuidado y espectacular) y del propio monumento, que en su día fue más que importante en una época convulsa siglos atrás.

Más tarde, cuando aún el día se negaba a caer, dedicamos las últimas horas a recorrer el barrio de Nagarekawa, que además de encontrarse cerca del hotel, tiene una vida increíble en un espacio de calles que se niegan a albergar edificios excesivamente altos. Como toda ciudad japonesa, el barrio rojo, o el rosa, o el fucsia... se mezcla sin problemas con calles que ofrecen, además de ese tipo de servicios, bares, restaurantes y tiendas de todo tipo. En el tema del sexo los japoneses tendrán muchas ideas que pueden ser entendidas o no, pero lo que es la hipocresía visual y auditiva no entra en sus planes.

Ejecutivos y ejecutivas recién salidos de su trabajo buscaban algún lugar donde descansar sus ojos (o lo que fuera) mientras que una algarabía de gente de todo tipo se mezclaban entre cervezas, comidas, sake, whiskey y compras diarias en los supermercados.

Solamente pasear por un lugar como este te hace sentir en otro mundo, si además eres de otra parte del mundo y tienes o entiendes la capacidad para aprender de lo que no es como tú lo conoces, resulta impagable lo que se puede aprender simplemente observando, moviéndote entre la multitud, siguiendo caminos que ellos mismos trazan. Ni que decir tiene que el respeto y la educación siguen presentes en cada uno de los que te encuentras, vayan bebidos, pasados de rosca o con la cara de necesitar desfogar sus instintos más primarios.

Tras un par de horas bebiendo del ambiente de la calle, mi Amor decidió que podíamos meternos de lleno en algo tan de Hiroshima como japonés, y buscamos un pequeño Izakaya, un restaurante al uso donde se come y bebe pegados al de al lado, para degustar el plato típico de esta zona, el Okonomiyaki, para darnos un homenaje de despedida.

Estos son los momentos que me apasiona vivir en los viajes, poder estar donde la gente del lugar está, al margen de espacios para turistas o extranjeros, donde todo es más artificial, como una pequeña  tienda de discos que rezuma el olor al cartón y el vinilo. 

Una vez dentro, entre señas, un poco de inglés (con suerte porque un par de camareros eran jóvenes y no les caía de nuevas el idioma) y algo de simpatía y sonrisas varias, degustamos el manjar que tienen como un plato tradicional y propio, servido en una mesa cuyo centro era una plancha que mantenía la comida caliente. Todo ello en un encantador local de dos plantas que en el lugar donde comimos (la planta baja) no tenía sitio para más de doce comensales.

El final de trayecto en Hiroshima no pudo ser mejor, con el bullicio de los japoneses dejándose ir entre locales y calles estrechas y la noche ya abrazándonos e invitándonos a preparar la marcha hacia nuestra siguiente etapa.









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