sábado, 16 de junio de 2018

Japón: Cuaderno De Viaje V // Onomichi, Lo Pintoresco Hecho Realidad I


El tercer día de estancia en Japón, y más concretamente en Hiroshima, no pintaba nada mal. Mi Amor había preparado una visita a uno de esos lugares donde todo parece sacado de un cuento de siglos pasados, en los recónditos libros de este espectacular país que se niega a entregar la parte más pura que tiene.

Onomichi es un peculiar y pintoresco pueblo costero que pertenece a la prefectura de Hiroshima, al cual se accede en tren con un trayecto corto gracias a la brutal y organizada red ferroviaria del país. Una visita que de nuevo te transporta por los senderos del tiempo, sin perder esa unión que el pasado y el presente (que en el caso de Japón casi siempre es futuro) poseen, y que te permiten volver a descubrir lo que nunca debe terminar, vivir en la época que te ha tocado sin dejar de lado lo que ha llevado a vivirla.

Al margen del propio pueblo, situado en la costa del mar interior de Seto, que le otorga ese carácter propio y típico de los pueblos costeros y que se abastecen en su respirar diario del mar, los alrededores de Onomichi son una maravilla y un canto a la naturaleza, cuidada y buscada para que sea parte del entorno y se funda con él.

Nada más llegar a la estación, nos dispusimos a buscar el "apeadero" de bicicletas para alquilar un par de ellas y hacer el recorrido entre los puentes que unen las seis islas en la llamada Shimanami Kaido, una de las rutas ciclistas más famosas de Japón (si no la más) y que permite unirte a la naturaleza y todo lo que te ofrece la zona entre carreteras comarcales, zonas de calma chicha en el mar y puentes inmensos que unen las islas para conectar distintas formas de ser, vivir y sentir.
No estuvo mal la cosa para dos avezados aventureros a pie que no toman la bicicleta casi nunca, porque a parte de disfrutar de las maravillas que el paisaje nos ofrecía pudimos aguantar unos 22 kilómetros y disfrutar de un paseo realmente impresionante.

Ciclistas, moteros, automóviles de todo tipo y la experiencia de mi primera ruta circulando al más puro estilo anglosajón, por la izquierda y con adelantamientos "anti natura", al borde del mar, subiendo montañas para acceder a los inmensos puentes que te permiten pasar de una isla a otra, y terminar la entrega de las bicicletas tras atravesar en ferry (toda una experiencia también perdida en el tiempo) el puerto lleno de barcos de pescadores que preparaban los aperos para la madrugada siguiente.

El paseo por el puerto y las paradas para descansar traían la esencia de la calma y la tranquilidad perdida en lo que ahora no deja ser, y nos preparaban para la segunda parte de nuestra visita, un paseo por las nubes hasta el cielo de lo prohibido.






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