Desde el lugar donde lo prohibido comienza a tener sentido
EPÍLOGO
Miraba por la ventana de la habitación una vez más, como cada noche que
se acababa, intentando quitarme de las entrañas los olores a pestilencia,
babosos y borrachos, fijándome en el siguiente autobús que salía de la
estación. Ya no recordaba las veces que me había jurado partir en el siguiente,
o el siguiente, o… y cada noche lo veía alejarse sin mis huesos, pero esta
ocasión sería distinta. Cuando una está muerta no necesita morir para sentirlo,
simplemente actúa como un autómata que no tiene conciencia de lo que hace, y
esta noche, por fin, mi conciencia me ha hecho recoger la vieja maleta olvidada
y llena de polvo, vacía de sueños e ilusiones. La misma que no cogió su dueño
cuando se alejó de mí definitivamente, sin un beso, un adiós ni la promesa de volver
a verme.
El sonido de la puerta al cerrase tras de mí hizo que me sobrecogiera, no
era otra salida más buscando unas monedas a cambio de mi dignidad, era algo
definitivo, y el temor por lo desconocido me invadió, pero esta vez el miedo
era buscado, nadie me lo imponía a fuerza de golpes, insultos o amenazas.
Una puerta mágica que se abre sin que nadie la toque, unos pocos peldaños
hacia el interior y tras el saludo educado de un hombre que me mira como uno
más de los miles de rostros que ocupan su asiento indicado con el número
impersonal de un lugar en ninguna parte, dejo caer mi cuerpo cansado a la
espera de…
MAÑANA ES AYER
La luz de la mañana ilumina el largo camino, esas líneas que dan la
sensación de no tener fin y que según el capricho de la velocidad parecen ser
tragadas por las ruedas del vehículo.
No he podido dormir, como de costumbre, y menos aún ahora que he decidido
escapar para siempre. Mi privilegiado asiento en el primer lugar del autobús
que espero sea el comienzo de mis sueños me ha permitido seguir la estela de la
noche, el amanecer y ahora los primeros devaneos del Sol con la Tierra,
agradeciendo su caricia en mi rostro, frío como la noche, la soledad y el alma
herida que me sustenta.
No sé dónde aparcaré mis huesos, el principio para mí no existe, sólo
quiero ser más allá del cuerpo dolorido por las vejaciones, los insultos y la
nada, quiero nacer de nuevo, a pesar de las arrugas, las canas y esos pesados
momentos que me hacen sentir que la niña murió hace demasiado tiempo, sin saber
qué era la niñez, la adolescencia y una juventud donde reír sin motivo.
No, no existe un "comenzaré de nuevo", porque no deseo que todo
se repita, seré un alma que ha buscado la senda alternativa a la carretera
hundida por el lodo, y este asiento en la parte delantera de un vehículo que
devora los kilómetros con rabia, pegada a la ventanilla a través de la cual los
rayos del Astro Rey penetran a su gusto, puede ser el primer paso de miles de
ellos, conmigo, mi soledad, y quien se atreva a creer en mí a pesar de las
heridas.
Cuando una toma conciencia de morir y se siente muerta como me sentía, en
la más absoluta de las expresiones que significan el final de la existencia,
sabía que cualquier carretera lleva al mundo entero, en la dirección en la cual
los ojos miran cuando se clavan en el infinito. No me importa el destino, nunca
será peor que lo que ahora dejo, por eso sólo el movimiento me sugiere algo más
de lo que soy, esa sensación de no detenerme nunca, de dejar atrás la vida que
hasta ahora había llevado.
¿La vida? quizás el optimismo se
haya adueñado de mis sentimientos con esta escapada hacia el infinito, de no
ser así no me hubiera atrevido a llamar por un nombre tan hermoso los años
pasados.
La sinuosa vía convierte mis ojos en cámaras de un film en blanco y
negro, paseos infinitos por valles sin explorar, caminos de barro y hendiduras
en el suelo, intentos por conocer y sentir lo que me rodeaba, y ahora, décadas
después, la tenue luz de la mañana va dando color a la oscura noche donde la
vela se ha convertido en la penúltima pesadilla de recuerdos no deseados,
instantes de sonidos estridentes y voces que resonaban en mi memoria como el
eco que te golpea tras un grito ahogado.
Puedo tumbarme en el asiento que me acompaña, vacío como mis sueños,
puedo sentir los pies escapando del abrigo de la pequeña prenda que me sirve
para ocultar la piel que se estremece, quizás sea el primer espacio que siento
mío, comprado por un puñado de monedas que costó sangre poder reunir, quizás
porque puedo tocarlo y no ser llamada al orden por mis actos, quizás ¡por qué
no! porque siento por vez primera en siglos la calma apoyada en algún lugar, y
este es ese lugar.
Comienza la aventura de mi vida, o mejor aún, la vida en una aventura que
espero no se me escape de entre las manos, los rostros de desconocidos paseando
por las calles me hacen sentir bien, anónima entre nadie sin un nombre, una
cara, un sello como el animal que se compra.
El paso del vehículo por los lugares en los cuales se detiene para
cambiar su carga de hombres y mujeres sin rostro me colocan en una situación en
la que nunca había estado, poder observar sin ser vista, ser yo la que sueña e
inventa cualquier situación, cualquier aventura a través de esos seres que ni
sé quiénes son ni jamás volverán a cruzarse ante mis ojos. Por primera vez no
estoy expuesta a la mediocridad humana, no soy el pedazo de carne que se
cambia, se compra o se vende al margen de sentimientos, emociones laceradas por
el capricho de un ansia que nunca tiene final.
Por fin puedo mirar sin el temor a ser reprendida por ello, sonreír ante
la ocurrencia de la niña que escapa de la mano materna para acariciar el
pequeño animal que se cruza con ella, sentir la caricia en la mano como el
anciano que se deja tomar para atravesar la calle, inventar la noticia leída
por el hombre que, ajeno al mundo, busca en el periódico con su café aún
humeante, el repartidor de sueños en forma de noticias en un papel, bebidas
refrescantes o cajas que ocultan regalos… puedo saber que hay vida más allá de
los barrotes que construyeron en mi mente, puedo por fin pensar para tomar
conciencia de quién quiero ser y saber lo que nunca más seré. Puedo, de nuevo,
levantarme como aquella mañana en la cual dije ¡basta! para no morir en lo
físico, a pesar de haber muerto con el alma rota miles de veces, esa mañana la
vieja maleta destartalada que de niña me gustaba arrastrar (¡qué ingenua! no
podía apenas llevarla con el peso de mis sueños como único equipaje) para
entregarla a quien se marchaba lejos, muy lejos para no volver nunca.