domingo, 18 de julio de 2021

The Passenger


 

Somos anónimos pasajeros de la vida, y no podemos hacer otra cosa que disfrutarla, al menos con maravillosas sensaciones como esta.

Bring It On Home

 



Por aquello de no dejarlo, sigamos disfrutando de lo divino hasta que los humanos hagan de mediocres y nos lo quiten.

75 - 2



Unos “pasos de baile” para entrar en calor, unos momentos íntimos para llevarnos al infinito, unos instantes únicos en los que entrelazábamos nuestras mentes… y ocurría; sentía vibrar la vieja madera de mi “chica” golpeándome el pecho, percibía cada toque de compás de mi maestro seguido de un segundo de éxtasis, escuchaba su voz atravesándome las entrañas, y todas las almas escondidas en nuestros viejos vinilos nos rodeaban en el escenario de nuestros sueños, donde éramos capaces de fundirnos con las estrellas.

Puesto que la música es tu único amigo, danza en fuego como ella decida. La música es tu único amigo, hasta el fin.

El horizonte se presentaba ante nuestros ojos con las siluetas de los pequeños montes que rodeaban el valle. Estábamos a punto de comenzar la prueba de sonido, con los nervios propios de lo que acontece en el antes de… pero algo no encajaba. El mástil de mi querida “Fender” resbalaba suavemente por mis manos, como queriendo indicarme que aquél no era el lugar, y de pronto lo vi claro.

Nunca estuve más seguro de una decisión, y algunas horas después, con una cerveza en la mano y el acero chirriando bajo mis dedos, supe que había acertado. El porche de la casa crujía con el sonido de la madera podrida y el humo de la pipa comenzaba a hacerse denso, espeso como la bruma que cubre los pantanos, cuando lo que parecía una desafinada pieza de metal comenzó a emitir la más grande colección de sonidos con sentimiento que había escuchado nunca.

Me dejé llevar meciéndome al ritmo que me marcaba la vieja mecedora de madera, intentando acompasar las maderas rotas y mi dedo metálico, ocupando los espacios vacíos que dejaba cuando escupía sangre por su garganta, y ralentizando el tiempo para que todo fuese eterno.

Al día siguiente fueron cientos, miles los que nos vieron dar lo que nuestra alma llevaba dentro, pero esa noche infinita, con la luna de testigo y la tenue luz de un viejo candil iluminando nuestros rostros, el viejo músico me enseñó lo que es morir en escena, cuando nadie te escucha y todos te sienten, cuando las lágrimas no pueden soportar tanto derroche de clase.

Mi querida “Fender” me indicó el camino, sus cuerdas de acero me hicieron encontrarle, y mis dedos intentaron decirle adiós de la única manera que sabía, mientras le escuchaba entonar lamentos que salían de su garganta atravesando su armónica.


75 - 1

 


Mirar al frente colapsaba las neuronas, una marea de unas 500.000 almas abarrotaba la llanura que entre montañas formaba el lugar para el concierto. Al mirar hacia atrás nos dimos cuenta de que una gran pantalla con el nombre del grupo surgía de la nada y encendía los ánimos de los espectadores, como si supieran algo que nosotros desconocíamos, y al escuchar el estruendo de la primera ovación un extraño halo de energía nos invadió y supimos que aquella era nuestra noche, sin tener ni la más remota idea de lo que pasaba, sólo dejándonos llevar.

En un lugar y en un tipo de música en el que la guitarra es la diosa, descarné mi preciosa “Les Paul” hasta hacer que sus lamentos llegaran a las almas de todos los asistentes, y en un momento en el que me sentí el amo del universo noté cómo mi instrumento se hacía parte de mí, una prolongación de mi cuerpo y la continuación de la inspiración que surgía de mi alma.

Estuve allí y sin embargo no lo sentí, mi espíritu se hallaba con todos los héroes que durante años habían hecho jirones mi piel desgarrándola con los lamentos de las cuerdas de acero, y sólo podía pensar en homenajearlos con cada nota, cada vibración de mi cuerpo a través del acero y la madera.

Cuando eres parte de la leyenda, aunque sea durante un sueño, sólo depende de ti hacerlo realidad, y en ese momento eres el amo del mundo.

Su voz desgarrada intentaba acoplarse al mágico sonido que emanaba de la guitarra. Mirándole, no sabía en qué momento se derrumbaría, cuándo dejaría de arrancarnos las entrañas con sus acordes y su garganta. El escenario se confundía con su cuerpo, eran uno, porque no podía plantearse la vida de otra manera porque no sabía, porque el aire que respiraba era los gritos de la gente, uno o cientos, que se acercaban a llorar con él, a sentir las emociones que les trasmitía.

Sus dedos doloridos por años de pasearse sobre el acero de su compañera habían encontrado unos amigos con los que compartir sus horas de vigilia, y mis manos parecían querer hacerse una con las suyas. Pero no se puede plagiar la magia, cada alma es una más allá de lo que es en el instante que se entrega.